jueves, 21 de octubre de 2010

JASPER NATIONAL PARK

Jasper y Banff son a los parques nacionales de las Montañas Rocosas Canadienses lo que Disneylandia es a los parques de atracciones. Y que esto no se entienda mal porque tanto Jasper como Banff acumulan méritos suficientes como para merecer unos cuantos días de visita. Probablemente ese sea el problema. Hay demasiados lugares en ellos que valen la pena y éso y el hecho de que estén relativamente cerca de Calgary, sobre todo Banff, hace que auténticas hordas de turistas los visiten a diario. Cualquier circuito de cualquier tour operador que pase por las Rocosas canadienses incluye una parada en el Parque Nacional Banff. Y bastantes de esos mismos circuitos después continúan hacia el norte, hasta Jasper.

A pesar de todo algunos de los rincones mas bonitos de las Rocosas están en estos dos parques así que parar en ellos es algo ineludible. Simplemente hay que mentalizarse de que se entra en una zona en la que, además de con algunos que como en mi caso, vienen o se van hacia zonas mas inhóspitas, vas a tener que compartir las vistas, los senderos y los arcenes con un ejército de japoneses, estadounidenses e incluso alguno de Legorreta haciendo cola en todas partes para sacarse esa foto que aparece en todas las guías turísticas y que todos queremos tener. Y esto por no mencionar el hecho de que todo es mas caro, aunque no necesariamente mejor.

Mi itinerario por las Rocosas comenzaba en Jasper, donde llegué a mediados de septiembre procedente de Williams Lake tras una bonita etapa de mas de quinientos kilómetros de coche. Para esa fecha ya habían caído las primeras nevadas en la zona y si bien en las carreteras no había problema, en los márgenes y en los senderos todavía quedaba nieve que pisar. Las diferencias en el clima con respecto a la costa, de donde venía, todavía no eran muy perceptibles salvo por el hecho de que cuando anochecía las temperaturas bajaban ostensiblemente en aquella zona. Las dos noches que pasé en Jasper llegamos a estar a -4ºC. De hecho los dos belgas con los que me iba encontrando casi a diario desde Port Hardy me contaron días después que casi no habían pegado ojo por el frío esas mismas noches. Iban de acampada y bastante bien equipados, aunque parece que no como para soportar tanto frío. Tampoco lo esperábamos.

Esas dos noches me alojé en el HI Jasper. La guía lo describía como “albergue con cierto aire a campo de refugiados”. Lo cierto es que algo de razón tiene, aunque no por ello está mal. La verdad es que el ambientillo era muy majo y, a pesar de que es todo lo que uno se imagina cuando piensa en un albergue, el silencio por las noches o las normas sobre limpieza y demás se respetaban escrupulosamente. Estaba un tanto apartado del pueblo pero me daba igual. Tenía todo lo que podía necesitar.

El Parque Nacional Jasper ocupa una extensión de algo mas de 11.000 kilómetros cuadrados, lo que viene a equivaler a algo mas del doble de la extensión de Holanda, por poner un ejemplo. Así que las opciones que se te presentan en un lugar semejante son muchísimas. Cientos de kilómetros de senderos, cascadas, lagos, picos que sobrepasan los 3.000 metros de altura… Por tanto a la mañana siguiente a mi llegada me dirigí en primer lugar al centro de información de Jasper, para enterarme un poco sobre las diferentes zonas del parque y lo que podría hacer y ver en los siguientes días, dado que en algunas zonas ya había nieve y en otras peligro por los animales.

Del mapa que me entregaron rápidamente tacharon una zona por la abundancia de “elks”, una especie de ciervo gigantesco, que estaban en plena época de berrea, con lo que desaconsejaban ir por allí. Además me indicaron otras zonas por las que merodeaban osos y demás. Como venía de zona de osos, en aquel momento estaba mas interesado en otro tipo de animales así que opté por la ruta del Lago Maligne. La primera parada es en el Cañón Maligne, a pocos kilómetros de Jasper Town. Es una corta ruta a lo largo de un estrecho y profundísimo cañón, lleno de cascadas, bordeado por un ligeramente resbaladizo sendero que acaba llevándote a ras del río. Es una bonita marcha en la que se salva un pequeño desnivel. El inconveniente… mucha gente así que por momentos acabas circulando en fila india.

La siguiente parada es en el Medicine Lake, un bonito y peculiar lago que todos los otoños se seca debido a que no recibe mas agua que la lluvia y la del deshielo. Lo cierto es que me gustó mas el paisaje de este lago que el del siguiente, el Maligne lake. Por el camino, unas marmotas junto a la carretera tomando el poco sol que había, que ni se inmutaban ante los turistas que parábamos nuestros coches para fotografiarlas, entre los que nos contábamos mis dos colegas belgas y yo; y tres alces en un bosquecillo junto a la carretera casi llegando al Maligne, apenas a unos metros de la carretera, por cuya causa provocamos un tremendo atasco. 

Hay que señalar que cuando alguien se para en el arcén y se baja rápidamente del coche armado con la cámara, suele ser porque ha visto algún animal por la zona, así que todos los que llegan por detrás se bajan simplemente porque saben que hay algo, aunque no sepan qué. Algo así me pasó a mí en ese momento porque prácticamente frené en seco en el arcén al ver al primer alce; unos instantes después, entre los coches y caravanas que había a los dos lados de la carretera, apenas sí quedaba hueco para que pasase un coche. Y todos andando por la carretera en paralelo a los que para entonces ya eran tres alces dando al disparador de la cámara sin cesar. Se debieron de cansar de nuestra compañía porque minutos después se internaron en el bosque y los perdimos de vista.

En el lago hacía bastante viento. Personalmente no tenía intención de embarcar para navegar un rato y sí la de andar un poco por allí. Si hubiese hecho mejor día igual sí me hubiese animado a dar una vuelta en barco, porque la panorámica de las montañas era impresionante pero… creo que ese día no valía la pena hacerlo, así que empecé a andar por uno de los senderos que partían de la orilla. Lo cierto es que hubiese alargado la caminata, pero me encontré con una pareja que resultó ser de Málaga y me entretuve un rato charlando con ellos (hablaban sobretodo ellos, todo hay que decirlo). Resultó que venían de Alaska así que, en honor a la verdad, me interesaron enormemente sus andanzas por aquello de que cualquier año de estos acabaré por allí.

A pesar de todo la ruta que hice por allí estuvo francamente bien. Estaba sólo porque a todos los turistas en viaje organizado se los llevaban directos al barco, así que tuve la oportunidad de internarme sólo en un bosquecillo en el que me crucé una pareja de lo que aquí llamaban “beer”, que viene a equivaler a una especie de corzo, y un coyote. Había trazas de animales mas grandes, imagino que mas alces como los que había visto horas antes, pero no se cruzaron en mi camino. A la vuelta volví a ver mas alces junto a la carretera. Tal vez fuesen los mismos, no lo sé, pero el atasco fue similar. Llegando a Jasper vi mi primer elk. Estaba tumbado, descansando. Todos nos mantuvimos a distancia. En mi vida he visto un ciervo tan grande. Hace que los de aquí parezcan liliputienses. Su presencia impone y su cornamenta también.

A la mañana siguiente mi idea era ir hacia el sur hasta Lake Louise, ya en Banff, recorriendo la ruta conocida como “Icefields Parkway”, considerada una de las mas bonitas de Canadá. Son doscientos treinta kilómetros de carretera atravesando un paisaje hermosísimo con lagos, cascadas y glaciares a cada cual mas espectacular. Yo me detuve en varias ocasiones. La primera de ellas, pura casualidad, lo hice al poco de salir de Jasper por eso que he dicho antes del coche en el arcén y alguien con cámara. No había animales pero sí una de las vistas mas bonitas que me he encontrado a lo largo de mi recorrido por las Rocosas. Resultó que el hombre era un canadiense al que le encantaba ese lugar, hasta el punto de que todos los otoños iba hasta allí para fotografiarlo. Y eso hice yo, aunque dudo que en mi caso me pueda permitir hacerlo cada año, aunque qué mas quisiera.


Aunque el día había salido bastante bueno cuanto mas al sur peor pinta tenía así que para cuando llegué al Glaciar Athabasca, mas o menos a mitad de camino, empezaba a nevar. Antes de llegar me detuve en Athabasca Falls, donde me entretuve un buen rato experimentando con la cámara de fotos hasta que me di cuenta de que me quedaba poca batería y, lo que era peor, que había olvidado poner a cargar las otras dos que llevaba conmigo. Total que, después de semejante descuido, lo prioritario era conseguir un enchufe como fuese y recargar al menos una de ellas. 

Si bien los sitios en los que detenerse en esa carretera para hacer algo de turismo son abundantísimos, los lugares en los que comer algo y de paso recargar la pila de una cámara no son ni mucho menos tantos, por lo que no me quedó mas remedio que quedarme en el gran centro de visitantes del Glaciar Athabasca, parada obligada de todos los autocares de turistas que pululan por la zona y que, a la hora de la comida, estaba tan abarrotado como una estación del metro de Tokio y nunca mejor dicho porque los japoneses ganaban por goleada. De todas formas he de decir, para ser justos, que había uno de Legorreta por allí tan escandaloso como diez japoneses juntos.

Me acerqué andando hasta la base del glaciar. Hacía un frío que pelaba, caía aguanieve y soplaba bastante viento. En resumen, el día se había puesto francamente desapacible. Llegando al glaciar había marcas en los lugares donde llegaba el hielo décadas atrás para poder apreciar hasta qué punto está en retroceso, junto con carteles que te ilustran sobre los efectos de la actividad humana en el cambio climático y como afecta éste al glaciar. Y sin embargo la principal atracción que te ofrecen, previo pago, consiste en subirte a un autobús con orugas en lugar de ruedas, darte un paseo en él por encima del glaciar y bajar andando hasta la cabecera. Supongo que todo eso no ayudará mucho a la supervivencia de los campos de hielo, sobretodo la parte del autobús. Así que no dejó de parecerme un cierto contrasentido.

Desde allí continué unos kilómetros mas. La verdad es que no sé qué me impulsó a parar ahí. Porque las Bridal Veil Falls, ya dentro del parque Nacional Banff, son unas mas de las muchas cascadas que hay a lo largo de las Rocosas. Un corto sendero que se recorre en apenas diez minutos, te lleva hasta la misma base de un bonito par de cascadas de agua helada que parecen surgir de las entrañas de la montaña. Un señor que había por allí, antes de que supiese siquiera dónde estaba, me animó a bajar diciéndome que era un espectáculo que valía la pena. Y no le faltaba razón. Eran bastante mas bonitas éstas que las que había visto por la mañana, que me habían recomendado la víspera en el centro de visitantes de Jasper Town. 

Mis problemas comenzaron justo después. Y es que al volver al parking para continuar mi ruta el coche me dio una desagradable sorpresa. No arrancaba. Parecía muerto. La batería no daba ni la mas mínima señal de vida. Yo no soy mecánico, es algo de lo que no tengo ni idea, pero incluso a mí me parecía imposible que la batería de un coche que llevaba funcionando sin descanso desde hacía días, se descargase en media hora. Y como buen coche automático la dirección y la caja de cambios estaban completamente bloqueadas por lo que no podía ni moverlo. Así que tenía un problema. O mas bien dos, porque en esa zona no había cobertura de móvil ni para hacer llamadas de emergencia. Tocaba pedir ayuda y, al final, gracias a un chaval de Toronto que andaba por allí conseguí arrancarlo. El problema parecía consistir en un mal contacto porque no se podía arrancar el coche sin retorcer uno de los cables de la batería, así que la cosa no pintaba bien si me quedaba allí. Había que llegar a un lugar algo mas civilizado y ponerse en contacto con la compañía de alquiler para que me lo solucionasen lo antes posible, así que con el motor ya en marcha me puse en camino. Treinta y tantos kilómetros después llegué a la única gasolinera que hay entre Jasper Town y Lake Louise. Además tenía restaurante, teléfono e incluso un Resort. Desde luego era lo mas civilizado que había visto en todo el día, así que siguiendo un impulso me paré para llamar desde allí a los de Hertz y darles cuenta del problema con intención de que se pusiesen a ello cuanto antes.

Craso error. Si hubiese sabido lo que me esperaba habría continuado hasta el albergue de Lake Louise y llamado desde allí, aun tardando una hora mas en dar el aviso. Habría tenido mi nuevo coche en el mismo tiempo ahorrándome una tonta espera de seis horas en un bar, tener que cenar otra hamburguesa a precio de solomillo y mas de media hora chupando frío en un teléfono que estaba a la intemperie, perdiendo mi casi infinita paciencia hablando, o mas bien discutiendo, con el sujeto que contestó mi llamada. En mi defensa he de decir que había visto una oficina en Jasper Town, así que pensé que serían ellos los que me lo solventasen. El caso es que en esa oficina no tienen coches, salvo que lo reserves anticipadamente, cosa que yo no sabía, y me tuvieron que traer uno desde Calgary, a casi doscientos kilómetros de allí, cosa que yo no esperaba.

Me debió de coger la llamada el mas mongol de la empresa de alquiler porque, aunque le dije la carretera en la que estaba, la 93, y el punto kilométrico exacto, además de otras buenas referencias como que era la única gasolinera en 150 km o el nombre del restaurante y el del Resort que había junto a ella, el chaval me decía que no tenía suficientes datos y que no me podía garantizar que me enviasen el nuevo coche al lugar correcto. La verdad es que estaba en la carretera mas turística de toda la Provincia de Alberta, así que no sé que mas datos le podía dar... además del hecho de que sale en todos los folletos turísticos, cosa que le repetí hasta en tres ocasiones. Hasta el turista mas zoquete de todo Canadá hubiera sabido de dónde le estaba hablando. Incluso el gruísta que me trajo el nuevo coche horas después me dijo que ese lugar no tenía pérdida.

Lo dicho, era mongol y llegó un momento en el que casi perdí la paciencia con él (y ya es difícil). Me faltó un pelo para preguntarle si era tonto pero dado que al final él tenía la sartén por el mango me contuve, aunque me costó bastante. De hecho lo de "joder" se me escapó al menos un par de veces. Al final la cosa acabó con seis horas de espera por el nuevo coche y unos últimos 80 km hasta mi albergue en un tiempo record para los estándares canadienses. Vamos que el cochecillo ese no daba mas de sí (aunque dio bastante). A media noche llegué al albergue cansado, cabreado pero aliviado porque al final la historia no iba a afectar lo mas mínimo a mis planes de viaje para los siguientes días. Únicamente me había quedado sin hacer un par de paradas mas en la ruta que me apetecían bastante, en el Parque Nacional Banff. Las he dejado para otra ocasión...

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